Aunque era un frío día de diciembre y víspera de año nuevo, pasear por esta ciudad francesa y descubrir sus colores y esencia, fue la mejor experiencia gracias a que nuestras guías eran locales.

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Era 2013 y mi segundo año nuevo fuera de Chile y lejos de mi familia, pero era mi primer año nuevo en temporada de invierno. Después de unas vacaciones por otras ciudades francesas, Bruselas y algunos lugares de Alemania, junto a mis amigas Karol (de Perú) y Sabrina (de Alemania), Toulouse era la última parada antes de volver a mi casa en Oviedo, donde estaba haciendo mi intercambio.

Como última parada de estas vacaciones de invierno, la idea era conocer esos rincones de la mano de un guía local. Por suerte, Sabrina tenía una amiga francesa que estaba estudiando en Toulouse y nos alojó en su casa, y nos llevó a caminar por la llamada “ciudad rosa”. Aunque en realidad Sabrina tenía amigos por todas partes y gracias a eso nunca nos quedamos en hostales.

“‘¿Expectativas?… ninguna’, esa era nuestra opinión con Karol. Es que Toulouse no nos llamaba la atención y habíamos dejado recién París, entonces nada le podía hacer la competencia”.

Llegamos a Toulouse luego de casi 6 horas de tren desde París, un tren que no estuvo exento de contratiempos, pues tuvimos que esperar hasta 3 horas para que partiera… sí, ¡3 horas! ¿La razón? No estaba listo. Ni que se tuviera que maquillar el tren.

Pero luego de un aburrimiento eterno y de un viaje que parecía que nunca iba a comenzar, finalmente llegamos a la estación Toulouse-Matabiau y… nada de descanso aún. La aventura recién comenzaba.

Karine era la amiga de Sabrina, quien nos esperaba en su casa con tres amigas más, un auto pequeño (y medio muerto) y dos bicicletas que nos llevarían de paseo por el centro de la “ciudad rosa”. Los planes eran conocer, caminar y… caminar.

Las bajas expectativas

“¿Expectativas?… ninguna”, esa era nuestra opinión con Karol. Es que Toulouse no nos llamaba la atención y habíamos dejado recién París, entonces nada le podía hacer la competencia. Pero ya estábamos allí y decidimos darle una oportunidad.

Pero tampoco nuestro escenario ayudaba. El auto medio muerto que había en la casa era de una amiga de Karine y literalmente estaba medio muerto. No tenía fuerza, sonaba como si en cualquier momento nos quedásemos varadas, la amiga no sabía manejar muy bien y no cabíamos cinco arriba de ese auto. Pero no nos íbamos a quejar si más que mal, éramos unas invitadas.

Y llegamos a la zona centro con algo así como 5ºC. Un frío que congelaba las narices pero que poco a poco iba pasando. ¿Ya les dije que caminábamos harto? Por eso se iba pasando. Un poco, claro. Karine y sus amigas nos comenzaron a mostrar Toulouse, la catedral de Saint-Étienne que llaman la inacabada, porque se desconoce su origen y está llena de modificaciones, renovaciones y construcciones; también caminamos debajo del Pont Neuf, que de noche destaca por unos colores alucinantes; y también le sacamos fotos a Le Capitole de Toulouse, que de noche se veía hermoso y cuya construcción se inició en 1190, así de antiguo.

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Fotos por aquí, fotos por allá. Caminar y caminar y caminar (ya sé que es repetitivo, pero de verdad así nos asegurábamos que nuestros pies no se congelaran).

Fuimos a comer comida hindú con un presupuesto que a Karol y a mí ya nos limitaba. Pero comimos igual porque ya habíamos dejado atrás tres lugares porque sus precios estaban muy elevados. Es que no nos íbamos a dar el lujo de comer en un restorán caro si no teníamos euros suficientes. Es que cuando digo insuficientes es porque de verdad estábamos a punto de rayar en la indigencia. Bueno, aquí exageré un poquito.

Entendimos en ese tour porqué Toulouse es llamada la “ciudad rosa”. El color dominante de los edificios antiguos es el rosa y no es porque lo pintaran así, no, no, no, es porque está hechos con ladrillo caravista que, como lo dice su nombre, es utilizado para que no se use revestimiento encima. Pero más allá de los aspectos técnicos, bien bonita que se ve la ciudad de ese color.

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Hasta el cine

Y es que la fría noche ya nos pedía entrar a un lugar para tener calor, pero como era 30 de diciembre, algunos locales no estaban abiertos. Pero sí el cine. Como tal día de feriado irrenunciable en Chile, donde está todo cerrado menos los cines, en Toulouse la situación no era diferente. Así que por una milésima de segundo me sentí en mi país. Milésima.

Queríamos ver una película, pero quienes estábamos ahí teníamos una opinión dividida; no nos hicimos problemas y separamos los grupos, entrando Karol y yo a ver “La secreta vida de Walter Mitty”, una película de Ben Stiller que por suerte estaba en inglés, aunque subtitulada en francés y, de paso, alimentó aún más mis ganas de viajar, por los increíbles paisajes que mostraba. ¿Aún no la ves? ¡Te la recomiendo! El otro grupo salió arrepentido de su elección.

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Y fue así como culminó nuestra tarde de paseo por Toulouse, una bella ciudad con históricos edificios de ladrillo, que –aunque el frío aumentaba a cada hora- nos permitió disfrutar de sus rincones y caminar por sus adoquinadas calles, descubriendo que más allá de sus colores rosas, esta ciudad tiene mucho más que ofrecer.

Toulouse