No tomo mucho cuando salgo, porque los destilados no son mi fuerte, ni tampoco disfruto de una piscola como lo hacen algunos, porque para mí se transformó en un trago de discoteque. Pero llegué a Oviedo, tomé sidra y, aunque el alcohol no se nota, después de unas cuantas botellas sí que lo hace. 

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Siempre había querido viajar a Europa, y hacer un intercambio en la universidad era la oportunidad para cruzar el océano. Era septiembre de 2013 y llegaba a Madrid con 40 °C, después de dejar a un Santiago con 20 °C. Sola y sin nadie conocido, tomaba el tren para dirigirme al norte de España, específicamente a Asturias.

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No conocía nada de la región de Asturias y menos de Oviedo, su capital. Sólo sabía de los premios Príncipe de Asturias y que la actual reina Leticia había nacido en Oviedo. Más, nada. Todo lo que conocí de ahí en adelante fue una novedad. Y fue así, como novedad, que llegó la sidra.

El boulevard de la sidra

La semana de bienvenida a los alumnos de intercambio estuvo cargada de actividades. La idea era relacionarse con otros extranjeros y empezar a hacer lazos. Para eso se hacían excursiones, reuniones y fiestas, hasta que una noche llegamos a la calle Gascona y la iluminación a la entrada rezaba la leyenda “El boulevard de la sidra”. No había escuchado hablar de este trago así que estaba dispuesta a probarlo.

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La calle Gascona es típica por sus sidrerías. También venden comida, pero allí lo único y más importante es la sidra. No cualquiera la puede servir y para eso hay “expertos” que saben realmente cómo hacerlo. Se llaman escanciadores y son los responsables de animarte a tomar más de un vaso hasta que, sin darte cuenta, llevas más de una botella y te emborrachas. Con un brazo levantado lo más arriba posible se tiene la botella, mientras que con el otro se tiene el vaso hacia lo más bajo y ladeado; así la sidra cae y con sólo un poco que hay dentro del vaso te lo tomas inmediatamente “al seco”.

“Y fue así como por los seis siguientes meses me hice cliente frecuente. Con algunas amigas íbamos como mínimo una vez por semana a pasar la tarde tomando un poco de sidra, lo que al ver la cuenta se convertiría en mucha sidra”.

Culín se llama el vaso en que se sirve este trago y es más de uno el que te tomas, aunque esa no sea tu intención. Como la sidra asturiana es suave y tiene ese encanto de tener que ser escanciada, ir al boulevard de la sidra en Oviedo es toda una experiencia para admirar cada uno de los locales que la sirven.

Y fue así como por los seis siguientes meses me hice cliente frecuente. Con algunas amigas íbamos como mínimo una vez por semana a pasar la tarde tomando un “poco” de sidra, lo que al ver la cuenta final se convertiría en mucha sidra.

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Ya teníamos a un escanciador favorito, Arturo, que nos saludaba cada vez que pasábamos fuera del local y de paso nos preguntaba: “¿Y Melendi?”, que era nuestro cantante estrella al terminar la noche. Y ahí íbamos por una botella, máximo dos, como para empezar la noche antes de salir de fiesta, pero Arturo llegaba con más y la noche en la sidrería la terminábamos con cinco botellas. Y cantando, riendo y programando la próxima “noche de sidra”, porque no sabíamos cómo algo tan suave y con tan poco contenido en el culín podía emborracharnos tanto. Pero así fue en todas las semanas durante seis meses.

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Artículo original publicado en Faro.travel