La enseñanza de esta historia es la siguiente: confía en ti mismo y nunca le hagas caso a un inexperto cuando te sugiera bajar, por otro camino, un cerro que había subido por primera vez, cuando tú sí sabías cuál era el sendero correcto. ¿Suena obvio? Bueno, la obviedad es que no hicimos caso del sentido común. Aquí la historia. 

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Septiembre 2013 y ya llevaba un mes en Oviedo (España), en mi intercambio universitario. Ya me había acomodado a la nueva vida (en realidad nunca me demoro más de una hora en adaptarme a algún lugar), me sabía los nombres de algunas calles y no necesitaba de un mapa para saber volver a mi casa (eso sí que fue un logro). También ya había subido el monte Naranco una vez, suficiente para acordarme del camino de ida y vuelta si es que lo quería hacer de nuevo. Y sí, lo hice de nuevo.

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La primera vez fue con un grupo grande, no me acuerdo cuántos éramos, pero quizás unos 20 o más. Hacia calor, pero el día estaba ideal para subir el monte Naranco, que no tiene tanta altura (636 msnm según Desde Asturias) y además cuenta con el agregado de ser un gran espacio natural donde los árboles abundan y las construcciones prerrománicas también. Todos los que íbamos estábamos estudiando de pasada en Oviedo y subir el monte era parte de una serie de actividades que haríamos durante el semestre. Yo iba preparada, mi agua, mi sandwich, mi ropa cómoda, todo perfecto. Caminamos, llegamos a la cima, nos sacamos fotos con el Cristo del Naranco, sacamos fotos a la vista espectacular de la ciudad y bajamos. El camino me lo aprendí de memoria, ya me sentía lista para hacerlo de nuevo.

Una segunda vez

En este mes que llevaba en mi nueva ciudad me hice de nuevos amigos que no habían alcanzado a subir el monte Naranco cuando yo lo hice, porque llegaron después. Y querían hacerlo. Yo los acompañé, ya me sabía el camino y o tenía problema en ir de nuevo, había que aprovechar que los días estaban buenos porque en Oviedo las lluvias abundan y los días de sol desaparecen rápido. Karol también fue, ¿se acuerdan de ella? con la que me fui de paseo por Toulouse. Bueno, Karol también lo había subido antes, así que básicamente en esta nueva travesía iban dos conocedoras del camino. Nada de que preocuparse. Por ahora.

Éramos 9. Dos italianas, Roberta y Benedetta; tres italianos, Marco, Matteo y Pier Giuseppe, un alemán, Julian; una checa, Anežka; una peruana, Karol; y yo, la chilena. Todos listos, todos con pantalones de deportes menos Karol y yo que los habíamos usado la primera vez, pero tuvimos tanto calor que en esta oportunidad fuimos en short. Error.

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Subimos, todo bien, me acordaba perfecto de la ruta, íbamos bien de tiempo, cansancio normal, fotos varias, el camino estaba perfecto, nada diferente. Así que todos llegamos a la cima, nos sacamos fotos con el Cristo, fotos a la panorámica de Oviedo, descansamos, comimos, jugamos, más fotos y fotos. Hasta que llegó la hora de bajar. “Por el mismo camino”, diríamos, pero no, es como si el sentido común se hubiese vuelto solo a la ciudad y nos hubiese dejado ahí tirados, porque ninguno de los nueve que estábamos lo tenía.

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La decisión equivocada, el camino equivocado

Y bueno, “bajemos”, “volvamos”, decíamos. Hasta que Pier Giuseppe dijo, en su tono muy italiano por supuesto: “dicen que hay otro camino mejor para bajar, ¡vámonos por la otra ruta!”. Y ahí estábamos los otro ocho sin sentido común diciendo: “bueno”. Karol, sé que estás leyendo esto, ¿en qué estábamos pensando? Pier Giuseppe nunca había subido el monte Naranco, era la primera vez y con Karol sabíamos que no debíamos tomar un camino desconocido. ¿Ya les dije que el sentido común nos abandonó, cierto? Bueno, era por si se les olvidaba.

Y ahí íbamos nueve seres humanos por un camino desconocido, pero des-co-no-ci-do. En algún momento se nos pasó por la cabeza que estábamos bien, pero el tiempo pasaba y no veíamos ningún final de esa ruta, es más, no veíamos ruta. Cruzábamos árboles, pasábamos sobre arbustos, ya teníamos sed y la sensación de inseguridad llegó a nosotros. ¿Era ese el “otro camino” que podíamos tomar? No, no lo creo, hasta el día de hoy no lo creo. El tiempo seguía pasando e íbamos sin rumbo, sin sentido. Estábamos cansados y como Karol y yo llevábamos short nuestras piernas estaban todas lastimadas por las espinas de los frondosos arbustos. Bien hecho chicas.

Seguramente, si estás leyendo esto, estás preguntando: “¡¿por qué no se devolvieron?!”. La respuesta es: ya había pasado mucho tiempo caminando y el camino de vuelta al Cristo, para tomar la ruta adecuada, ya era borroso. Así que tomamos la siguiente decisión: si veíamos cemento, es porque era el camino por el cual andan los autos que suben al Naranco y ahí teníamos que llegar, para bajar por ahí. Pero no fue fácil encontrarlo.

“En algún momento se nos pasó por la cabeza que estábamos bien, pero el tiempo pasaba y no veíamos ningún final de esa ruta, es más, no veíamos ruta”.

Las piernas de Karol y las mías estaban más raspadas que nunca. Y sucias, claro. Teníamos que bajar pequeñas quebradas en nuestra sensación de estar acercándonos más a la ciudad (pero más que “sensación” era una plegaria interna de encontrar una ruta para llegar a casa) y con mi hiperlaxitud en manos y pies, sabía que cualquier pisada errónea significaba un esguince, así que me tomaba mi tiempo y precaución para bajar por esas mini quebradas.

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Ni las cabras de monte podían ayudarnos.

¡Eureka! hubiese gritado Arquímides, pero nosotros nos aferramos a un ¡ahí está! Por fin vimos cemento, encontramos ese camino que nos llevaría a casa después de dos horas, cuando en realidad a esa altura yo ya debía haber estado saliendo de la ducha, sacándome toda esa tierra, pero seguíamos en el monte.

Ahora la cuestión era otra: la ilusión más grande de ese camino encontrado se estaba transformando en una desilusión. Nos acercamos rápidamente al cemento cuando nos dimos cuenta que la tierra acababa y la ruta correcta estaba tres metros bajo nosotros. “¡¿Cómo llegamos ahí?!”, nos preguntamos. Y como a lo más Tarzán y Jane vimos una rama larga del árbol que estaba al borde, esa rama debía aguantarnos a cada uno de los nueve cuerpos -casi inertes- para llegar hasta el camino de cemento. Uno a uno lanzándonos y ayudándonos entre sí, Pier Giuseppe fue el último en bajar y menos mal que fue el último, porque ahí la rama se quebró y un gran bloque de piedra se desprendió del lado del árbol y casi me aplasta el pie (que tanto había cuidado) si no lo muevo.

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Por fin estábamos los nueve en camino seguro, ahora sí íbamos rumbo a nuestras casas. Ya no quería más tierra, no quería más caminata ni monte Naranco, tampoco fotos. Quería agua, mi ducha y volver a reencontrarme con mi sentido común.

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