Mientras visitaba a mi familia en Australia un par de meses en 2012, hicimos un road trip que nos llevó de paso por la capital de este país: Canberra. De todos los monumentos que la ciudad tiene para ofrecer, visitamos quizás el más importante, el Australian War Memorial. Y entramos allí sin saber cuándo íbamos a salir. 

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Menos mal que eran las 10 de la mañana. Estábamos en Canberra mi abuelo, mi tío Jorge y su pareja Laura, recorriendo la ciudad en un road trip que hacíamos desde Newcastle, en New South Wales, cuando llegamos a este museo del que no saldríamos en mucho tiempo. Desde el hotel, Laura y yo nos preocupábamos todos los días qué ver en la ciudad o pueblo que estábamos de paso y que fuese gratis, y allí fue cuando se nos apareció en Australian War Memorial.

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Lo primero que hacíamos al llegar a una ciudad era pasar por el centro turístico y llevarnos todo -literal TODO- lo que pudiésemos para saber de ese lugar y así poder realizar visitas gratuitas o de bajo costo que nos permitieran ahorrar en nuestro viaje. Y en Canberra no fue diferente. Así que del Australian War Memorial vimos algunas imágenes en esas revistas y folletos y nos pareció tan lindo que obvio que iríamos (además que era gratis).

Y fuimos. Llegamos a las 10 de la mañana porque esa era la hora de apertura que indicaban las guías turísticas. El lugar es imponente y hermoso, al entrar sólo se pide una donación y tienes derecho de visitarlo completo. “Son las 10, visitamos el museo, sacamos unas fotos, como a las 12 máximo salimos de aquí. Incluso antes”, pensamos todos. Qué ilusos.

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Australian War Memorial es uno de los memoriales más destacados, grandes y bellos del mundo. Fue construido en 1941 y consta de diversos detalles que te hacen tenerle respeto apenas lo ves. Además del museo y su exterior, este lugar tiene una tumba del “soldado desconocido” que simboliza a todos los soldados muertos en guerra, un centro de investigación y un bello jardín de esculturas. Incluso la reina Isabel II de Inglaterra y el duque de Edimburgo pasearon por sus interiores.

Después de sacar unas fotos a su fachada, entramos al museo militar y comenzamos a visitar las habitaciones temáticas que nos indicaban la participación de Australia y su gente en algunas guerras, sobretodo en la I y II Guerra Mundial. Leíamos, sacábamos fotos, tomábamos atención y seguíamos adelante con las flechas que nos indicaba el camino para ir hacia otro sector del museo. El punto a recalcar aquí es que esas flechas nunca acababan de desaparecer.

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Caminábamos y caminábamos y el museo era de nunca acabar. Que terminabas una sala y llegabas a otra, que al salir de una bajas una escalera y te encuentras con otra área, que lo que pensamos iba a durar dos horas, nunca fue. Salones y exhibiciones te muestran todo lo que Australia tiene para recordarle a su gente y al mundo estas crueles guerras que ocurrieron años atrás (aunque lamentablemente ahora hay países sumidos en estas malas prácticas), con armas, equipamiento, uniforme, representaciones e imágenes y videos que te insertan un poco en esa época aunque estés en un museo en pleno siglo XXI.

Y así íbamos caminando y caminando por el interior de este sitio que nos hizo perder la concepción del tiempo y del espacio. Como no veíamos la luz, no sabíamos si el sol había salido o estaba nublado. Tampoco sabíamos bien qué hora porque algunos celulares estaban descargados y nuestras cámaras no tenían la hora real. Y menos mal que no teníamos muchos planes para ese día. De repente nuestros estómagos comienzan a crujir, claro, si teníamos hambre todos. Pero no podíamos salir de este lugar porque a medida que caminábamos el lugar se abría paso a un salón nuevo, con más exhibiciones en las que incluso puedes interactuar. Hay un sector que te muestra la vestimenta de los solados y enfermeras y tú puedes ponértelas para la foto, también hay otros que te muestran el funcionamiento de un submarino y una torre de control. Es que todo era interesante.

“Caminábamos y caminábamos y el museo era de nunca acabar. Que terminabas una sala y llegabas a otra, que al salir de una bajas una escalera y te encuentras con otra área, que lo que pensamos iba a durar dos horas, nunca fue”.

Cada paso que dábamos creíamos que estábamos más cerca del final. Pero así como nos equivocamos al principio en pensar que en máximo dos horas estaríamos fuera, también nos equivocamos con esto. Nuestros estómagos no daban tregua y nos llegábamos a reír de como sonaban por hambre; pero era cosa de esperar un poco más porque obviamente este museo es tan hermoso y bien realizado, que no nos íbamos a perder nada por comer. Si hasta aviones tiene en su interior.

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Y nos sentíamos perdidos. Ya no nos acordábamos cuál fue la entrada, sentíamos que caminábamos por horas y que el museo no tenía fin, porque nada, pero nada señalaba su fin. Y a esas alturas tampoco nada señalaba su origen. Puedo decir que como la decoración del museo es tan detallista, que era como si estuviésemos dentro de pleno campo de batalla pero sin bombas de verdad. La verdad es que yo batallaba con el hambre.

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Y hasta que salimos y vimos la luz del sol. Y también nos dimos cuenta qué hora era: 3.30 pm. ¡Estuvimos más de cinco horas dentro del museo! No lo creíamos, pensamos que iba a ser un paseo de tiempo corto y nada más. Así que nos fuimos a comer algo rápidamente porque ya todos teníamos hambre y sed.

Quedamos todos maravillados con lo hermoso del memorial y siempre que sé de alguien que va a estar por esos lados, se lo recomiendo. Así que vayan si tienen la oportunidad. Después de eso pensé que nunca más estaría tantas horas dentro de un museo. Hasta que fui al Louvre.

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