Como estaba de intercambio universitario en España, decidí aprovechar su cercanía con Marruecos para pasar unos días en este país. Sabía muy bien lo que quería ver, pero más que lo que había en tierra me sorprendí con lo que había en el cielo. Aquí mi experiencia.

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Mirar las estrellas debiese ser considerado un pasatiempo. Me acuerdo cuando era pequeña e iba al jardín del edificio donde vive mi abuela, para solo ver las estrellas con alguna amiga y esperar que pasara una fugaz para pedir un deseo. También están en mi memoria esos días que con mi familia nos íbamos a San José de Maipo, sector cordillerano cerca de Santiago donde los cielos estaban tan despejados que, antes de irnos a dormir al camping, buscábamos las Tres Marías y algunos planetas. Pero el desierto del Sahara me deslumbró.

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El Sahara puede ser el desierto más grande existente y en su fina arena esconder muchos secretos de cómo era el planeta hace millones de años atrás. Pero esa arena también es privilegiada, porque todas las noches puede ver el cielo más despejado del mundo y ser testigo de una lluvia de estrellas. Fugaces también.

Cuando fui a Marruecos en noviembre de 2013 con dos amigas mexicanas, Anahí y Adriana, sabíamos que el tour allí sería intenso. Ya comenzó así cuando los policías del aeropuerto de Marrakesh no nos querían dejar pasar, pero una vez solucionado ese problema la verdadera aventura comenzaba y aunque sabíamos que íbamos a subirnos sobre dromedarios, tomar mucho té y dormir en el desierto, nunca nos imaginamos que ese cielo fuese el causante de que no nos quisiéramos ir a acostar.

Después de casi 8 horas sobre una 4×4 que nos llevó desde Marrakesh hasta Merzouga, por fin podíamos cenar e ir a un buen baño. En el camino habíamos parado para comer algo pequeño, pero ya teníamos hambre y ese iba a ser nuestro lugar de descanso. Lahcen era nuestro guía, un berebere con casa en Merzouga que nos atendió perfectamente y se portó excelente con nosotras. Junto a mí y mis amigas, también iban dos chicos mexicanos en el viaje, que conocimos allí y que ahora no recuerdo sus nombres. Dejamos nuestras maletas en una de las habitaciones de la casa de Lahcen, comimos y tomamos unas pocas pertenencias para adentrarnos en pleno Sahara. “Tomen ropa suficiente porque las noches son muy frías”, nos dice Lahcen. Y tenía razón.

“Y nos quedamos en silencio mirando las estrellas. Es que te dejaban mudo porque era de una belleza tal que nunca más he vuelto a ver en mi vida”. 

La luz del pueblo de Merzouga desaparecía cada vez que nos alejábamos más arriba de los dromedarios. Todos íbamos sobre uno y no se veía para nada el desierto. Estábamos sorprendidos porque no entendíamos cómo es que este animal podía saber a dónde iríamos. Pero finalmente llegamos a lo que sería nuestra casa por una noche, unas tiendas con mucha tela para que bloquearan un poco el frío. Un poco. No se veía nada, Lahcen estaba con unas lámparas mostrándonos el camino. Merzorga había quedado atrás y sólo estábamos allí Lahcen, los dos mexicanos, Anahí, Adri, yo y las estrellas.

Después de compartir todos tomando té y fumando en narguile con el calor de una fogata, llegaba la hora de ir a dormir. Pero antes había que ver un espectáculo propio del Sahara: las estrellas. Hacía frío, no sé exactamente cuánto pero mi sensación térmica era de unos 0 grados. Aún me acuerdo y me da frío. Anahí no aguantó y se fue a acostar, para taparse lo más posible, pero con Adri y uno de los mexicanos subimos una duna y nos acostamos sobre ella, no sin antes llevar una manta.

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Y nos quedamos en silencio mirando las estrellas. Es que te dejaban mudo porque era de una belleza tal que nunca más he vuelto a ver en mi vida. Y eso que en buena época el desierto de Atacama también te permite ver la magia, pero el Sahara lo superó.

Las primeras cinco estrellas fugaces fueron para pedir deseos, pero después no pudimos hacerlo más. Y no porque no quisiéramos, sino porque eran tantas las que habían que en teoría quedábamos debiendo deseos. Se los prometo. Incluso tuve la suerte de ver un par que duraron unos 4 segundos. Cuenten 4 segundos e imaginen que hay una estrella fugaz pasando, ¿ven? Es mucho tiempo.

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Allí dentro dormíamos.

Estábamos en éxtasis. Me acuerdo que con Adri sólo hablamos para preguntarnos cómo fue que Anahí quiso irse a dormir sin ver las estrellas y luego nos hablamos para irnos a acostar. Pero nada más. Ahí caí en cuenta de la existencia del infinito y que las estrellas son tan incontables como la arena de este desierto.

En ese momento todavía no sabía usar bien mi cámara así que lamentablemente no tengo fotos de las estrellas, pero sí tengo mis recuerdos y la genial experiencia que te recomiendo hagas, porque no te vas a arrepentir, es más, lo vas a agradecer y, probablemente, se lo agradecerás a las mismas estrellas esa noche que te quedes ahí.

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