Al leer el título te das cuenta que no era esta la mejor manera de terminar un viaje, pero uno nunca sabe lo que va a pasar en el futuro. Así es como tres días antes de abandonar México mi pie me jugó una mala pasada. Bienvenida silla de ruedas. 

El martes 26 de abril de 2016 me iba de México después de exactos cinco meses en ese país. Tenía todo bajo control, el lunes 25 iría a comprar los últimos regalos y el mismo 26 en la mañana haría las maletas. El 24 celebraría mi cumpleaños y el 23 en la noche saldría para divertirme en mi último sábado en México y porque pasada las doce ya cumpliría los 26 años. Excelente plan. Pero todo pasó el 23.

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No había plan para esa noche, la única idea era pasarlo bien, porque era mi último fin de semana luego de cinco meses en México y a las 12 cumpliría los 26. “Vamos a salir y luego veremos”, me dijo Lau. Me daba lo mismo, estaba dispuesta hasta tomar el ron que me hacía tan mal, “total, es mi última noche, el otro sábado estaré en Chile”, pensé.

Y así empezamos. Antes de salir bajamos a la cocina y compartimos con la mamá de Lau (que es como mi mamá mexicana) y sus amigas, ellas tomaban algo y nosotras nos sumamos. “Solo tengo ron, Cam”, me dijo Lau. “Da lo mismo, dame eso no más”, le dije yo. Ay Camila… ¡AY CAMILA!

Y Laura se tomó dos y yo tres. Era mi noche… era mi noche.

Y nos fuimos a la casa de una amiga de Lau (Nani) porque recién comenzaba la noche del sábado. Recién. Lean bien esto: RECIÉN.

“‘Total, es mi última noche, el otro sábado estaré en Chile’, pensé”.

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Y tomamos el Uber desde la casa de Lau hasta donde su amiga. Llegamos a la otra casa, me bajo del Uber y… me caí. O sea, si entendieron bien, la noche recién estaba comenzando y me caí.

Me doblé el pie izquierdo al bajar del auto y me caigo en la calle completamente. Tenía ataque de risa, Laura también, pero con mucha vergüenza me pedía que me levantara. Según ella -porque es algo que hasta el día de hoy no recuerdo- caí sobre un tope (lomo de toro para los chilenos) que lo hice mi almohada. La amiga de Lau estaba en la puerta de su casa, no podía creer lo que veía. Me levanto y no paraba de reír, Lau tampoco. Un dato: no andaba usando tacones.

Me doblé el pie porque había un hoyo y como tengo hiperlaxitud es muy simple que me pasen esas cosas. Puedo estar parada y doblarmelo, caminando normal y doblarmelo. Solo me lo doblo con facilidad. Así de simple.

Bueno, continúo. Y después de la casa de Nani nos fuimos a otra, de otro amigo. Llegamos al departamento, pasé mi cumpleaños bailando toda la noche (literal), la molestia en el pie la había olvidado, me había sacado hasta los zapatos. Hasta que eran las 9 am y me los iba a poner de nuevo. Uno no me entraba.

Estaba con calcetas negras y tenía mucho susto de sacar la de mi pie izquierdo para ver qué pasaba, porque ahora me lo tocaba y me dolía y mucho. Así que le escribí un whatsapp a mis dos amigas kinesiólogas en Chile y ambas me dijeron exactamente lo mismo: “Sácate el calcetín, si está morado anda enseguida al hospital, si no, intenta poner tu pie en el suelo y caminar. Si no puedes, anda a un médico…”. No estaba morado pero no podía caminar.

Pero ya era 24 de abril, día de mi cumpleaños (y a dos de irme de México) y no estaba dispuesta a pasarlo con un médico en un hospital. Así que como pude, nos subimos a un Uber y… nos fuimos a “desayunar” (¿entendieron el comillas?). Llegamos y comimos, Lau y sus amigos tomaban cerveza, pasado el medio día llegó el vodka y mientras tanto, yo estaba sentada con mi pie alzado y con una bolsa de hielo que Xavier, el mesero, me cambiaba cada cierto tiempo.

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Ojo con la bolsa de hielo que está encerrada en un círculo.

Y nos dieron las 8 pm y recién nos fuimos a la casa. Y mi mamá mexicana vio mi pie mientras que Laura explotaba en risa. Minutos antes había hablado con mis papás quienes me dijeron: “feliz cumpleaños hija, nos vemos el miércoles, cuida tu pie, no te podemos ayudar desde lejos”. Yo en ese minuto pensaba que si tenía mi pie en hielo toda la noche al día siguiente estaría bien, pero la verdad es: no podía caminar, solo saltaba con mi pie derecho y la inflamación era del porte de una pelota de tenis.

Mi madre mexicana me tomó y me llevó al hospital. Entramos. “Esguince grado dos”, me dijo el traumatólogo; “tiene que usar férula por dos semanas, porque debe tener inmovilidad”, añadió. Y ahí estaba yo, saliendo en silla de ruedas de ese hospital, con receta para mi médico en Chile. Perdiéndome el estreno de Game of Thrones por el que había esperado tanto. Usando muletas que, en realidad, no sabía usar. Subiendo la escalera de la casa sentada, porque no podía apoyarme bien.

 

 

Y pasó el lunes 25, en cama con el pie en alto. Y el martes 26 recién pude caminar un poco, así que Lau me acompañó a comprar los souvenirs faltantes y luego nos fuimos al aeropuerto. Y me fui, con mi sombrero mexicano puesto, en silla de ruedas y con la cabeza (literal) en alto. Y llegué a Chile así, con un asistente del aeropuerto esperándome con la silla de ruedas y en 20 minutos me tenía con mis papás y mi hermano, quienes estaban listos para sacar una foto de mi llegada, pero no pudieron, porque quedaron en shock.

Solo me queda decir: gracias a toda mi familia mexicana por las molestias del hospital, pero sé que con mis caídas (porque no fue la única) les di más de un momento de alegría.

México silla de ruedas