Si te has ido de viaje solo, sabes de lo que estoy hablando. Si lo has hecho acompañado también es posible que lo sepas. Lo importante es que lo entiendas. Hay un vínculo con extraños que se da cuando se está de viaje y que posiblemente no lo tendríamos si nos encontráramos con esas mismas personas en otra circunstancia, pero las amistades viajeras existen y menos mal que lo hacen.

Me ha pasado muchas veces y lo agradezco, pero también debo reconocer que la mayoría de esas veces han sido cuando estoy sola. Viajando por mi cuenta y sin compañía me he encontrado con muchas personas que están en la misma situación y nos transformamos en compañeros de viaje. Algunos me han acompañado en nuevas aventuras, con otros sigo enviándome mensajes, nos convertimos en los fotógrafos de otro y también alguno me ha recibido en su casa luego de que mi viaje terminara en la ciudad que él vive.

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¿Te has hecho amigos nuevos viajando? No hablo solo de estar en una hostal y compartir la cocina o la comida una tarde, hablo de estar con personas que después quedan en tu agenda de contactos y por una u otra razón se forma un vínculo especial. Yo les contaré algunas de mis experiencias.

Mientras viajaba por el estado de Veracruz, en México, conocí en la hostal que me hospedaba a un grupo de chicos. No fue casualidad, compartía mi habitación con ellos. Era época de carnaval y fui la última en llegar a esa ciudad, ellos se conocían de un par de días antes así que tenían el plan de recorrer un poco el puerto de noche aprovechando el momento. Me invitaron y me sumé. Al final de ese grupo destaco a dos: Alessandro, un siciliano residente en Cancún hace ya 7 años, y a Alyce, una chica fotógrafa de Chicago. Con los que más conversé fue con ambos, porque se quedaron un día más que el resto en Veracruz. Guardamos nuestros teléfonos y nos dijimos: “si alguna vez andas por mi ciudad, me avisas y nos vemos”. Ojo, que la promesa no fue al aire.

“Las amistades viajeras son innatas. Nacen, yo no las he buscado, pero que bueno que se me han cruzado”.

De mis cuatro días que me quedé en la ciudad de Veracruz, Alyce se convirtió en mi compañera de andanzas. Ella no hablaba muy bien el español, pero quería aprender y, no les voy a mentir, yo no hablo el inglés con naturalidad, pero ya saben, el idioma viajero siempre está ahí. Y recorrimos la ciudad, sacamos fotos, compartimos experiencias, tomamos café veracruzano, comíamos tamales, etc. Hoy es una de las que siempre les da like a mis fotos de Instagram.

Con Alessandro guardamos el contacto. Casi dos meses después de conocernos en Veracruz yo estaba de paso por Cancún. Solo bastó que le escribiera un whastapp para que me dijera: “¡Te espero en mi casa! No gastarás en hostal”. Y así fue. Llegué a Cancún de noche y con una maleta grande, menos mal que estábamos cerca de su departamento, porque él llega a verme en moto (muy italiano de su parte) y obvio que no la podíamos llevar ahí. Vimos una película, fuimos a su cafetería favorita, etc; y me dijo algo muy importante en estos momentos: “tienes tantas historias y andanzas ¿por qué no te haces un blog de viajes?”. Mírenme ahora.

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Ale, el italiano que vive en Cancún, se sacó una foto con mi cámara mientras hacía Skype con su hermano.

 

Estos son dos ejemplos de los muchos que he tenido en mi vida viajera. Claro que hay  más historias. Está una chica de New Zeland que también conocí en el carnaval de Veracruz y con la que también salí a caminar y a tomar café. Un par de chicas, de Alemania y Estados Unidos, que se convirtieron en mis compañeras de viaje en Oaxaca y en Papantla, en México; un francés y un danés que conocí en el Lago de Atitlán en Guatemala y con los que me fui a Antigua. Y para qué contarles otros conocidos de un par de horas, con los que hemos terminado con nuestros respectivos números guardados en el teléfono. También están aquellos que conocí viajando a dedo y con los que me volví a encontrar horas después porque iban al mismo destino que yo y ofrecieron llevarme.

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Con Rauka, mi amiga de Nueva Zelanda.

 

También están esas amistades que me he hecho en mis viajes de larga estadía. Como cuando me fui a vivir a Oviedo (España) seis meses de intercambio universitario. Esa es una experiencia de amistad viajera diferente, porque se crean vínculos fuertes que prometes volver a ver tiempo después. Hay amistades que de ese viaje he vuelto a ver, como a Karol, de Perú, que la conocí antes de llegar a Oviedo porque nos hablábamos por Facebook; yo la visité en Perú en 2015 y ella en Chile en 2017. ¿A dónde nos llevará el tiempo querida Karol?

 

También está Benedetta, mi querida italiana de Toscana que estuvo viviendo un tiempo en Buenos Aires e hizo una visita flash en diciembre de 2016 a Santiago. ¡Obvio que teníamos que vernos! Si nos habíamos dejado de ver en enero de 2015 cuando nos separamos en España. Otro de mis fuertes lazos que me hice en Oviedo.

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Con Benedetta en su visita a Santiago de Chile. 2016.

Y no solo eso, porque si de destacar mis lazos por Oviedo, hay un par de mexicanas que se sumaron a mis razones para que a finales de 2015 me fuese a vivir a México. En noviembre de 2015 estaba llegando al aeropuerto de Ciudad de México para devolverme en abril de 2016. Me fui a vivir a la casa de Laura, mexicana que conocí en mi intercambio en España y con la que me hice una gran amistad. Fueron cinco meses en los que pasamos de ser amigas a ser amigarmanas. Y también en ese tiempo aproveché de visitar a Anahí en Puebla, otra de mis partner en España.

Las amistades viajeras son innatas. Nacen, yo no las he buscado, pero… ¡qué bueno que se me han cruzado! Son personas que como tú, comparten ese vínculo por viajar, por conocer, por abrirse a nuevas culturas y lugares; son personas que están “en tu misma onda” y que quizás si te la hubieses cruzado en una fiesta o en otra actividad, no importaría. Pero nos la cruzamos en un viaje y quizás cuántas otras amistades aún me queden por hacer.

¡Qué vivan las amistades viajeras! ¿No te parece?

¡Cuéntame tu experiencia!

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