No es fácil dedicarle unas palabras a alguien que ya no está y que marcó tanto en tu vida. No es fácil para mí estar ahora haciéndolo. Esta es una carta al perro de mi infancia y adolescencia, que ya murió, pero que me acompañó en algunos viajes y al que tendré siempre en mi corazón. 

Tenía 10 años cuando él llegó a mi vida. Era el 2000 y mientras algunos no podían creer que aún no se acababa el mundo o esperaban todavía que los autos volaran, mi papá me fue a buscar al colegio y me llevó donde una señora que vendía perros. Eran alrededor de las 5 de la tarde y yo con uniforme, ansiosa y nerviosa. Llegamos a esa casa y escucho ladrar a muchos cachorros. Yo estaba clara, quería un macho. Cuando abrieron la puerta veo muchos pequeños Cocker Spaniel-Inglés corriendo, menos uno que estaba sentado mirando como entraba, “espero que no sea hembra”, pensé. “Él es el último macho que nos queda”, dice la señora. De ahí en adelante nadie más nos separó. Le puse Gummy, porque habían unos dibujos animados que daban en la tele, de unos “Osos Gummi” que recogían guayabas en el bosque. Eso fue el 2000. Murió el 8 de agosto de 2014 y aún su recuerdo me saca lágrimas y alegrías, todo junto a la vez. A tres años de su muerte, esta es mi carta hacia el cielo para él.

“¿Te acuerdas cómo estabas sentado mirando cómo mi papá y yo entrábamos por esa puerta? Tus ojos tan tiernos me causaron ternura, esa que hasta el día de hoy no estoy acostumbrada a darle a mi familia, la que aún me tacha como “una persona fría”. ¿Te acuerdas cómo te miré yo? Estaba dudosa, quería un perro, un macho y si eras hembra iba a tener mucha pena. Gran alegría me dio cuando tu entonces dueña dijo que eras el último macho de la camada. Ahí supe que fuiste tú el que me eligió. No sé si algún día te pedí disculpas por todas las veces que te boté de mi cama mientras dormía, con tus orejas más largas que tu cuerpo que se arrastraban por el suelo.

“Fuiste creciendo y destruyéndolo todo, porque te estaban saliendo tus dientes. Pero a nadie le importó, porque todos te querían y te mimaban. Pero nadie te quiso como yo. Me acompañabas a la casa de mi mejor amiga del sector, íbamos juntos a comprar la Coca-Cola al almacén de la calle y fuiste parte de al menos dos cambios de casa y nunca molestaste en ellos. Eras más amigo de mis vecinos que mi familia de ellos y todos preguntaban “¿cómo está el Gummy?” cuando llamaban por teléfono para saber de nosotros.

“Pero ya estabas más grande y con mis papás salíamos de vacaciones. Me acuerdo cuando el 2001 te fuiste con nosotros a acampar al parque nacional Radal y fuimos a caminar por el sendero de Las 7 Tazas, bonito lugar ¿no crees? Estábamos en una carpa chica, mi papá, mi mamá y yo, por su puesto que tu encontraste el mejor lugar para acomodarte y nadie te quería molestar.

“Y te hiciste más grande aún y ya no te podíamos llevar con nosotros. O al menos eso pensaban mis padres. Me acuerdo de esa vez que te quedaste en casa y la vecina te iba a dar agua y comida. Después de dos días nos llama porque tú no quisiste ni comer ni tomar agua “el Gummy los extraña”, dijo ella. Y ahí partió mi papá a buscarte. Menos mal que estábamos cerca, a solo horas de Santiago y no en otro país. Me acuerdo que llegaste a San José de Maipo, te bajaste del auto de mis papás y corriste a saltar donde estaba yo. Y volviste a comer y tomar agua. Ahí volvimos a acampar.

“Pero después dejamos de salir tanto. Nació mi hermano 4 años más tarde de que tú llegaras a la casa y ¿qué hiciste? lo amaste, lo cuidaste y… lo soportaste. Porque cuando él fue creciendo tu te parabas en dos patas a abrazarlo y quedabas a su altura. Porque todas esas veces que escuché de su boca decir alegremente: “¡caballito!” lo vi sobre ti y tú, no hacías nada.

“Aprendiste a salir de la casa por tu cuenta, odiaste siempre usar correa, eras libre, pero fiel a tu familia. Te sabías a la perfección mi horario del colegio y cuando salía ahí estabas tú, esperándome para caminar juntos de vuelta a la casa. Salías a hacer tus necesidades y luego saltabas la reja para que te viéramos y te abriéramos el portón; si no nos dábamos cuenta, salía la vecina a tocar el timbre y decir: “Gummito ya llegó”. Mi hermano se hacía más grande y tú lo acompañabas cuando él quería salir con sus amigos a la plaza, si andaba en bicicleta ahí corrías tú al lado de él, si yo no podía acompañarlo y él quería salir a jugar con la vecina al parque, los papás de nuestra misma vecina preguntaban: “¿va a ir el Gummy con ustedes?“, porque eso les daba a ellos la seguridad de que iban acompañados. ¿Qué loco, no?

“Pero empezaste a crecer. Y yo también. Y de repente ya tenías 13 años y todo podía pasar. Las conversaciones con mis padres no llegaban a buen puerto cuando me planteaban la posibilidad de que morirías, sabía que llegaría el momento, pero me ponía histérica de solo pensarlo. Pero yo también tenía que partir. Agosto de 2013 me fui a España, tu sabías cuánto había esperado por ese intercambio y cuánto había ahorrado para eso, pero estabas viejo y eso me intranquilizaba. Me fui, hacíamos Skype ¿te acuerdas? Si hasta mi mamá te ponía al teléfono. “Está bien”, me decían todos.

“Y volví de mi intercambio con la ansiedad de verte. Te agradecí una y mil veces que estuvieras vivo. Ya no tenías la vitalidad de antes y no corrías a la par con mi hermano. Él estaba más grande. Tú también. Él más joven. Tú más viejo. Y llegó el día que nunca quería vivir. 8 de agosto de 2014, después de una extraña semana mi papá y yo llegamos solos a la casa y te vimos, durmiendo, pero no vivo. Lloré una semana entera, día y noche. Los vecinos me daban las condolencias, mis amigos extranjeros también. Mi familia me llamaba de Australia llorando, los familiares de Chile te vinieron a despedir. Mi abuela te escribió un cuento.

“No quería enterrarte en el patio de la casa, porque no es mi casa, es la de mis papás. Yo quería que me acompañaras a donde yo fuera, así que entre llantos y negación acepté la incineración. “Escribe una frase que le quieras dedicar, máximo 8 palabras”, dijo la niña del lugar. “Desde el cielo jugaremos, para seguir creciendo juntos” dice la placa, que lleva tu nombre.

“Porque así como me acompañabas a dejarme al colegio, porque así como nos fuimos a acampar, porque así como me cuidaste; yo te juro que el próximo viaje largo que haga, te voy a llevar. Me tacharán de loca por llevar algo de tus cenizas, pero ¿quién más que tú me supo cuidar, escuchar y entender durante 14 años?

Te mando un beso al cielo, estés donde estés. Gracias por seguir cuidándome en cada aventura, en cada viaje, en cada paso que doy.

Con amor, Cami”.

 

* Lloré todo el rato mientras escribía este post.