Es época de Fiestas Patrias chilenas y, aunque es la primera que paso enferma, no por eso dejo de empaparme con el espíritu patriótico de las fechas que, aunque no nos damos cuenta, perdura durante todo el año. Esta es mi carta para el país de donde provengo, para el país que muchos reniegan… es mi carta para el país que yo defiendo.

“Querido Chile:

No te voy a preguntar cómo estás porque los hechos hablan por si solos. Estás feliz con tu cumpleaños, nervioso por tus próximas presidenciales, enojado por las injusticias que han ocurrido y triste por el daño que te han hecho. Pero hoy te quiero agradecer, como la 100% chilena que soy y como muchos de mis compatriotas han dejado de hacerlo.

Gracias Chile por darme la dicha de ser una nativa de tus tierras. No me importa la diversa ascendencia europea que corre por mis venas, me importa haber nacido en tu territorio, en este bello país al que llamaron Chile. Porque muchos de tus hijos no hacen más que llenarse la boca en decir que sus abuelos son alemanes, croatas o italianos; cuando son esas mismas nacionalidades las que fueron matando poco a poco a tus centenarios habitantes.

Chile, yo te amo por como eres, no por lo que creen que eres o por lo que te quieren convertir. Dejemos a un lado a los políticos que tanto daño te han hecho, de los cuales solo unos pocos te representan con orgullo. Dejemos de lado a esos que se hacen llamar “chilenos”, que alucinan con tus paisajes pero que son los primeros en renegar de ti.

Chile, yo te amo por tu esencia. Por aquella que guardas en el norte, donde haces nacer una flor en el desierto más árido del mundo, donde me has permitido ver las estrellas en tus cielos más limpios y donde me has dejado disfrutar de las playas más turquesas del país. Por tu fría Patagonia de viento, pero no de alma; donde me dejaste ver a los pingüinos Rey hacer de ella su hogar, donde los glaciares me hicieron saber de tu existencia milenaria y donde tus alejados pueblos y ciudades me hicieron saber que la Patria se hace en todas partes. Por tu zona centro que tanto he disfrutado, con sus playas en el verano, y por los extensos viñedos que te hacen destacar internacionalmente, del cual nacen los más sabrosos vinos que, por qué no decirlo, tanto me he tomado; y por ser la zona que me ha cobijado todos estos años. Y también por tu sur, donde los volcanes más fotogénicos se han enfurecido y también alegrado, donde los lagos más azules y profundos son dueños de la mirada y donde tus diversos bosques nos dan el aire que tanto necesitamos.

Chile, yo te amo por ser un país resiliente. Por soportar el terremoto más fuerte de toda la historia documentada (Valdivia en 1960; 9,5º Richter), pero también por soportar todos los otros movimientos telúricos que nos han hecho asustarnos, pero también aprender de su normalidad. Por soportar erupciones de algunos de tus más de 2 mil volcanes repartidos en los más de 4.600 km de la blanca cordillera de los Andes y cubrir de cenizas a muchos pueblos que no pierden la fe en volver a ser como antes. Por renacer luego de las gigantescas quemas a tus bosques, quemas que sean o no naturales, hicieron que árboles milenarios murieran y la fauna se arrancara, la misma que poco a poco está volviendo para acompañar a las primeras hojas que están  engalanando nuevamente de verde. Por resurgir desde el más duro barro que han dejado los aluviones, que se llevaron árboles, personas y partes de tu tierra. Y por volver a sanar luego de devastadores maremotos, que se han llevado almas, vidas y recuerdos, así como también pedazos de ti, maremotos que nos recuerdan que la parte de nuestra canción nacional que dice “y ese mar que tranquilo te baña” también se molesta.

Chile, yo te amo por tu comida. Porque me has hecho extrañar más que nada la palta en mis viajes, a veces creándome hasta crisis por ver que venden a una de ellas tan cara en Europa cuando en tus mercados puedo comprar a ese valor más de un kilo de este fruto. Porque me has hecho leer tu nombre en todas las frutas que compro en el extranjero y porque nadie entiende que la papaya aquí es única, que no es la misma de otros países pero sí tan deliciosa que se me hace agua la boca cada vez que pienso en ella. Por tus granos de choclo que me hacen disfrutar de mi comida favorita: las humitas, y de mi segunda favorita: el pastel de choclo. Por tus empanadas tan amadas por nacionales y extranjeros, por las sopapillas, los calzones rotos, los chilenitos, los empolvados y todas esas otras preparaciones de repostería que dejaron de ser únicas del invierno. Y por tus pescados y mariscos que nos abastecen desde los más de 8 mil km de costa esparcidas entre el continente, las islas y tu territorio antártico.

Chile, yo te amo por aceptar y dar hogar a las miles de familias extranjeras que llegan a ti buscando una oportunidad. Peruanos, bolivianos, colombianos, españoles, venezolanos, haitianos, afganos, y un sin número de nacionalidades que intentan adaptarse a tu clima, a tus costumbres, a tu comida, a tu gente, a tu ritmo de vida, a tus sismos.

Chile, yo te amo. Nunca he dudado de ti y nunca dejaré de sentirme orgullosa del país de donde nací. Menos de su gente, que se equivoca y muchas veces me decepciona, pero tu no eres el culpable de la educación de ellos. Muchos creen ser tus dueños, muchos creen manejarte, muchos creen que pueden hacer lo que quieran contigo; pero tú, Chile, me has demostrado una cosa: siempre vas a ser dueño de ti mismo, porque la gente pasa, te cuida, te destruye, te alimenta y te quita; pero la gente muere y tu renaces.

Chile, yo te amo, y así como a mí, a otros 17 millones de chilenos no nos importa si la FIFA nos corta la canción nacional, porque la cantaremos de principio a fin, con la mano en el corazón, para que al final todos gritemos un ¡Viva Chile!

Chile, yo te amo”.

Y lo vuelvo a repetir… ¡VIVA CHILE!