El título puede sonar muy obvio pero no, no lo es. Porque en mis intentos de viajera low cost y con la mente más que cerrada en ahorrar el máximo posible, no se me ocurrió mejor idea que caminar casi 4 kilómetros en subida y cuando el termómetro marcaba los 37º. Esta es mi historia de mis casi desmayos por Campeche, en México.

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Campeche es una ciudad que queda en el estado del mismo nombre en México. Conocido por sus coloridas casas y calles, esta ciudad amurallada tiene mucho que ofrecer, entre historia y gastronomía. Y fue justamente en mis intentos de empaparme de historia del lugar, que no se me ocurrió mejor idea que caminar. “Pero ¿qué tiene de malo caminar?”, pensarán ustedes; bueno, nada, pero sí lo tiene cuando lo haces a casi 40º, subiendo colina y por casi 4 kilómetros sin sombra. Y todo porque quería ahorrar.

Ya sé que no me tengo que tomar tan en serio la idea de ser viajera low cost, pero después de tres semanas recorriendo el sur de México, Guatemala y Belice, el presupuesto ya no me daba ni para comprarme agua. Y yo, que me estaba alojando en el centro de la ciudad, quería llegar a como fuese lugar al baluarte de San José, ubicado en una colina con hermosa vista a la ciudad. Y decidí caminar.

Todo bien al principio recorriendo la costanera y luego adentrándome en algunas calles, pero el calor comenzó a ser más intenso y ya no era una gota la que corría por mi cara, eran muchísimas y sentía cómo el sudor se apoderaba de mi espalda. Sumado a que podía percibir cómo el sol me estaba quemando, porque no, yo no soy de las afortunadas que se broncea a la primera, yo soy de las que se quema como camarón.

 

Pero “dale Cami que tú puedes”, me engañaba con la mente. “Tú lo puedes todo”, “siempre lo logras”, me seguía diciendo, mientras que subía unos escalones y me aferraba a la sombra que el tejado de una casa o el árbol con pocas hojas me podía dar.

Y de repente, ya no daba más. Porque por obra de magia ya no quedaban árboles, tampoco había dónde sentarse y no tenía ni agua ni bloqueador solar. Veía cómo la calle seguía en subida y no podía reconocer cuál era mi destino final. Pensé en devolverme, pero “ya estás aquí, así que sigue, no te des por vencida”, me decía a mí misma. Y sentía cómo me podía desmayar del calor que emergía del camino encementado, haciendo que mi sensación térmica fuese de 40º o más. Mucho más, diría yo.

Los taxis pasaban pero yo pensaba: “ni loca, ahorra”. Ay universo ¿por qué me hiciste ambiciosa al low cost? Hasta que me acercaba a la cima y pude ver el gran monumento a Benito Juárez y percatarme, por primera vez, de la hermosa vista que se tiene de la ciudad.

 

Y para cuando llegué al baluarte mi sorpresa fue mayor, porque me dicen que justo ese domingo era gratis, así que mucho mejor para mi bolsillo. Y entré, me senté y recibí el poco aire que llegaba ahí en las alturas, pero no sirvió de nada porque era aire caliente…

Y aproveché de admirar la vista, de recorrer el baluarte y de ver mis marcas de quemaduras por el sol.

 

Hoy, ya recordando ese día como uno agotador en donde me faltó realmente el aliento y creí más de cien veces que me iba a desmayar, miro las fotos que saqué en el camino y Campeche es mucho más que centro cívico, es disfrutar de los detalles en alejados rincones, donde el turista no llega, solo aquel que hace el loco (como yo) y camina a todo sol por ahorrar. Pero ah… no vi a ninguno así tampoco. Después de todo, la caminata, como siempre sucede, me permitió conocer y admirar mucho más esta hermosa ciudad.